VICENTE BELLO / TREN PARLAMENTARIO

Subido en el carruaje de las mitológicas diosas de la ira, Donald Trump comenzó ayer su presidencia haciendo cuatro rompimientos: uno al interior de su país; otro con su vecino más inmediato, México; el tercero, con el resto del mundo, y el cuarto, con los musulmanes “más radicales”, a quienes prometió que los “borrará de la faz de la Tierra”.

En la primera acción de ruptura, Trump se abalanzó sobre las élites políticas de su país, a quienes conmocionó –allí estaban todas, representadas por los presidentes vivos todavía, que le antecedieron- calificándolos de inescrupulosos que buscaron en el poder público el enriquecimiento personal por antonomasia, y de trabajar “a espaldas del pueblo”.

Además, anticipó que el país más poderoso de la Tierra comenzará una nueva era de proteccionismo a ultranza, en la que todo girará en torno de los estadounidenses. Y ligaba estrechamente el proteccionismo económico con el nacionalismo, parando de pestañas a medio mundo, pues fueron dos factores que jugaron un papel grave en los años 30 del siglo pasado en Estados Unidos y en Europa.

En su otro acto de fuerza anunciado, nunca mencionó por su nombre a México, pero era éste el claro destinatario. Reiteró que construirá un muro y al decir que los empleos serán para los estadounidenses, claramente aludía a su promesa aquella de que deportará a millones de ilegales, la mayoría de origen mexicano.

Literalmente el mundo entero esperaba el discurso de Trump, este 20 de enero de 2017. Por supuesto México. Y una vez lanzada la bola, ésta ha quedado en la cancha del presidente de nuestro país.

Y la pregunta que muerde los calcañales de la República, es: ¿qué van a hacer Luis Videgaray Caso y Enrique Peña Nieto? ¿Se comportarán a la altura de los agravios que han recibido los mexicanos y la nación o insistirán en ese papel de entregados, sometidos, que les ha salido tan a modo para la causa de los Estados Unidos?

Por vía de mientras, este lunes emitirá un mensaje a la nación, el presidente Peña. Y el miércoles, Videgaray se reunirá en Washington con representantes del nuevo gobierno estadounidense, en su condición de secretario de Relaciones Exteriores.

El viernes 20 de enero de 2017 quedará inscrito en la historia de México como una fecha infausta; esas que se conmemoran y no se celebran. Acaso para el resto del mundo también, y para los mismos Estados Unidos, que se convulsionaba con marchas y manifestaciones antiTrump.

En los territorios del Congreso de la Unión, la incertidumbre se paseaba. Es notorio cómo en ningún partido político, ni siquiera en el PRI, saben a qué le van tirando con Peña Nieto y con Videgaray.

Fue notorio ayer cómo Manlio Fabio Beltrones salió, en un video, atropelladamente a pedir tranquilidad, serenidad, y a recomendar al gobierno mexicano a que tome con seriedad y respeto la Presidencia de Trump.

Claro, no dejaba de tener intencionalidad electoral, su salida. No puede ocultar Beltrones que sigue suspirando por ser un día presidente de la República. Pero, en qué momento saca la cabeza. Trae cargando en el lomo un hecho legislativo, de traición a la Patria, que lo marcó para siempre: fue el prohijador de la reforma constitucional en noviembre de 2012 que está permitiendo, y causando estragos, que las costas y playas de virtualmente todo el país estén siendo compradas por extranjeros, la mayoría de nacionalidad estadounidense.

Hay preocupación en el Congreso por lo que dicen, hacen y no hacen Peña y Videgaray, aunque no faltan los otorgadores del beneficio de la duda, como Miguel Barbosa, coordinador de la bancada perredista, que insiste en ensalzar a Luis Videgaray Caso.

“Los mexicanos somos patriotas y México es un país soberano”, decía ayer Barbosa, al tiempo que decía que el ahora canciller mexicano “tiene la capacidad y los conocimientos para llevar la representación del Estado mexicano, para que en las negociaciones entre los dos gobiernos, la administración del presidente Peña  debe tener en cuenta que para ello necesita de la participación del Senado de la República”.

El Senado, desde hace unos días, anda en pos de un protagonismo en materia de política exterior al que renunció, agobiado por presidencialismo autoritario pergeñado por el PRI desde hace décadas.

Al cuarto para las doce, el Senado está intentando erigirse en un referente en el cual el Ejecutivo Federal se pueda apoyar, antes de que lo rebasen otros actores de la vida política nacional, como son los gobernadores de la frontera norte y el líder opositor más importante del país, Andrés Manuel López Obrador, que ante la enorme pasividad manifiesta de Enrique Peña Nieto, han tenido que salir al paso brutal de Trump.

Pablo Escudero, presidente del Senado y yerno de Manlio Fabio Beltrones, informó ayer que senadores se reunirán este lunes con Videgaray, tres días antes de su ida a Washington.

La salida súbita del Senado, a propósito de este tema, coincidió con la crisis que atosiga al Ejecutivo Federal en política exterior.

El Senado, en voz de Escudero, planteó, fundamentalmente, “acompañar la política del Estado mexicano para atender a los migrantes y sus familias para asegurarles, en su caso, un retorno digno, ordenado y seguro”.

A pesar de que el Senado mueve las aguas, continúa esa sensación de orfandad en la República. Esa sensación de no tener realmente a nadie capacitado para que enfrente a lo que ya es una de las peores versiones de los Estados Unidos en toda su historia.

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