Luis Velázquez

 

Los restos óseos de Pedro Huesca, Fiscal en el duartazgo, secuestrado y desaparecido por los elementos policiacos de Arturo Bermúdez Zurita, secretario de Seguridad Pública, preso en el penal de Pacho Viejo, fueron sepultados en su pueblo, Palmas de Abajo, municipio de Actopan, ahí mismo donde Bermúdez tiene un rancho con animales exóticos, y oh sorpresas que da la vida, que en el sexenio anterior era cuidado por… policías.

Pedro Huesca cometió un delito, como es levantar su autoridad moral y jurídica como agente del ministerio Público… en contra de los delitos de lesa humanidad que estaba detectando en una región calienta como Cardel.

Y de pronto, zas, fue secuestrado.

Y desaparecido.

Y el colmo de la barbarie, por lo que Miguel Ángel Yunes Linares con su Fiscal ha de refundir en la cárcel a Bermúdez Zurita:

El cadáver de Pedro Huesca fue sepultado en una fosa clandestina que Bermúdez compartía con los carteles y cartelitos.

Se ubica en un terreno anexo al fraccionamiento “Colinas de Santa Fe”, en el puerto jarocho de Ramón Poo Gil, a unos cuantos pasos de la autopista Veracruz-Xalapa, y a unos metros del Golfo de México.

Pero además, todavía falta que la Fiscalía de la Yunicidad proceda en contra de otros elementos aliados y cómplices de Bermúdez.

Uno. Los delegados de Seguridad Pública.

Dos. Los policías que secuestraron a Pedro Huesca y a su secretario Gerardo Montiel.

Y tres. Los mandos medios y superiores que tuvieron conocimiento de los hechos.

Se vivió, pues, en el sexenio anterior el peor de los mundos.

El peor.

Más allá de la barbarie.

Más allá del fin del mundo, del apocalipsis, del infierno.

Y es que por todos lados resulta inverosímil la atrocidad a que llegó el duartazo, y en el caso, con Bermúdez en Seguridad Pública.

La policía encargada de garantizar la seguridad en la vida y en los bienes según el llamado Estado de Derecho fue la misma que cometía los atropellos, excesos y abusos del poder.

La que secuestraba.

La que desaparecía.

La que asesinaba.

Y la que sepultaba en fosa clandestina.

Y el colmo, el cementerio particular de Bermúdez era el cementerio privado de los barones de la delincuencia organizada.

Es decir, lo compartían.

Eran aliados, socios, cómplices.

Los dos lo sabían.

Y por eso el grado de incertidumbre y zozobra a que se llegó y todavía hoy persiste.

Sólo restaría precisar el grado en que los policías eran narcos y los narcos eran policías.

Si Miguel Ángel Yunes Linares solo encarcela, digamos, a Bermúdez, por abuso de autoridad e incumplimiento del deber, sin el delito de desaparición forzada (del que ya se ocuparon las ONG con denuncia en la PGR y la Fiscalía), entonces, será el peor desencanto.

Demasiado dolor y sufrimiento dejaron Javier Duarte y Arturo Bermúdez y sus policías en las familias de Veracruz.

 

EL ESTADO DE DERECHO CUENTA… 

 

Fue el caso, entre tantos otros, de los ocho policías de Cardel que corrieron la misma suerte que Pedro Huesca y Gerardo Montiel.

Fue el caso de los cinco jóvenes de Playa Vicente levantados por Bermúdez y su policía estrella, Marcos Conde, y sus policías subordinados en Tierra Blanca y entregados a los malandros.

Fue el caso de Gibrán, el cantante de “La Voz México”, detenido y secuestrado y desaparecido de un antro en Xalapa, y asesinado y metido en la cajuela de un automóvil y abandonado en el poblado de Conejos, en la desviación a Huatusco, todo y en venganza porque la novia de un hijo de Arturo Bermúdez lo prefirió a él en una noche de música, de baile y de copas.

Es todavía, y dada la impunidad, el caso de los cientos, miles quizá de padres de familia que integrados en ONG colectivos y Solecitos continúan buscando a sus hijos en fosas clandestinas y cada vez que aparecen, incluso en el resto del país, corren angustiados para ver si entre los cadáveres están los suyos, con el único objetivo, por un lado, de acabar con la angustia, y por el otro, de la cristiana sepultura.

Por eso, el daño moral, sicológico, siquiátrico, neurológico, espiritual y sentimental y familiar de Arturo Bermúdez y sus aliados resultan inverosímiles.

Y por eso el gran pendiente de la Yunicidad, simple y llanamente, para hacer justicia, solo justicia, justicia a secas, aplicar la ley, hacer valer el Estado de Derecho.

 

TIEMPO DE LA BARBARIE Y EL MENOSPRECIO 

 

Hace cinco años, Pedro Huesca y Gerardo Montiel luchaban solos como agente del Ministerio Público del Veracruz seguro en contra de los malandros.

Y su voz y su lucha y su utopía y su voluntad social y jurídica y política de pacificar Veracruz y garantizar la seguridad en la vida y los bienes se topó con Arturo Bermúdez y sus tribus.

El hallazgo de sus restos significó el primer caso de una víctima de desaparición forzada encontrados en la fosa clandestina de Colinas de Santa Fe, vaya nombrecito siniestro en que terminó, como si fueran, digamos, las colinas del Gólgota y la buena y santa fe de los hombres en la tierra y que terminara en el cementerio particular de Bermúdez, de igual manera como por ejemplo, Porfirio Díaz Mori tenía en el castillo de San Juan de Ulúa su cárcel privada en contra de los disidentes, enemigos y adversarios y en el Golfo de México su panteón privado.

El solo hecho de recordar y evocar la barbarie vivida y padecida por los ocho millones de habitantes llena el alma y el corazón y las neuronas de miedo y terror y terror y horror y parálisis, y de ñapa, los pelos de punta, la piel enchinada, la angustia.

Y lo peor, un procurador, Felipe Amadeo Flores Espinoza, y un Fiscal, Luis Ángel Bravo Contreras, fueron indolentes y negligentes (delito en la Ley de Responsabilidades de Funcionarios Públicos) ante las denuncias de los familiares de Pedro Huesca y Gerardo Montiel.

“Dejaron hacer, dejaron pasar”, y ahí reside su culpabilidad.

Ahora la justicia está en manos del Fiscal del Yunes azul.

Y la justicia… en contra de Arturo Bermúdez por desaparición forzada.

Y la justicia… en contra de los aliados de Bermúdez, sus delegados de Seguridad Pública y sus policías.

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