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Pobreza Extrema: El rostro oculto de los niños de la calle
JEFTÉ MARTÍNEZ MERCADO / Misantla, Ver.- (elchiltepin.com) Cuando llegó al albergue los niños salieron jubilosos a recibirla porque era la primer visita que su mamá les hacía desde que los metieron allí. Sin embargo, al concluir los abrazos y los besos se colgaron a su vestido y le empezaron a rogar:

–Mami, mami, por favor sácanos de aquí; tenemos miedo porque hasta un pinche loco hay. Yo no quiero estar aquí, no soy drogadicta, sólo ando vendiendo.

Sus cuatro hijos: Xochitl de 10, Ulises de 11, Juan de 12 y Marisol de 13, fueron recluidos por el Dif municipal en ese lugar dizque para su recuperación ya que los niños presentan un problema de adicción y las niñas de “situación de calle”.
La señora Angela está preocupada de que sus niños estén ahí. Dice que no es un lugar seguro porque están revueltos hombres y mujeres, niños y adultos (drogadictos y alcohólicos con apenas 10, 20 ó 30 días de haber ingresado para su “recuperación”).
“Es más, fíjese que los hombres duermen en un cuarto y las mujeres en otro, pero no hay puerta, nomás los divide una cortina; imagínese que alguien se quiera pasar de noche a donde están mis niñas”.

El lugar se llama Centro de Recuperación y Rehabilitación para Enfermos de Alcoholismo y Drogadicción (CRREAD) y está ubicado en la calle Los Mangos número 100, colonia Los Reyes, en Martínez de la Torre. En este momento alberga a cerca de 50 personas.

En esa casa color melón cuya apariencia exterior es la de un taller mecánico y la interior de una cárcel, están encerrados hasta el momento alrededor de 10 niños misantecos que en los últimos días han sido atrapados por la policía drogándose o vagando por las calles.

Durante la más reciente visita que su mamá les hizo este domingo, los niños ya no están tan preocupados; sus caritas se pusieron felices cuando la mayor, de 13 años, le platicó:

–Qué crees mami; ayer salí a colectar a la calle (pedir dinero a los transeúntes con bote) y saqué como 150 pesos, mis amigas se sacaron 300, y nos dieron 85 a cada una.

La más chiquita, de 10 años, arrebató la palabra y abrazada a su mamá le rogó:

–Mami, mami, dame permiso para que el director me deje salir a colectar a mí también; yo también quiero ganar dinero. ¿Le dices?

–¡No má! –interviene Marisol–, no la dejes ir porque es bien peligroso. Tu crees que ayer merito me mata un trailer en la carretera y no, cómo crees; además esta pinche chamaca es bien mensa para andar en la calle, no le des permiso.

Ellos platican en el cuarto de visitas, bajo el sofocante techo de lámina y las paredes color melón. En éstas, cuelgan cuadros con indicaciones a los internos. Las mesas y sillas rojas le dan apariencia de fonda. En la esquina está un baño sin ventilación y sobre éste, colchonetas y cobijas enrolladas porque de noche, allí duermen los hombres en el suelo.

Como la hora de visitas se acabó, varios adultos y jóvenes con pantalones cholos arremangados, pañuelo amarrado a la cabeza y collares de madera y piel en el cuello, empiezan a levantar las mesas y las sillas y a barrer la estancia.

La cortina floreada que se mueve con el aire permite ver las literas en la habitación contigua. “Ahí es donde dormimos las mujeres”, dice Marisol. Al fondo, desde el patio con colgadizos desvencijados de lámina de zinc y cartón, llegan los gritos que distraen la plática de los niños: “¡Ya viene, pronto va a estar aquí; el diablo va a venir y se los va a llevar a todos!”. Es el loco que siempre está profetizando.

La raíz del problema

Xochitl, Ulises, Juan y Marisol, son sólo cuatro de los 16 hermanos que procreó el matrimonio Rivera–Mújica.

Provenientes del campo, con la instrucción primaria a medias y sin ninguna idea de lo que es la planificación familiar, Pablo Rivera Lozada y Angela Mújica Romero dejaron que los hijos llegaran al hogar, año tras año, hasta que darles de comer, vestirlos y calzarlos, se hizo casi imposible y mucho más, apoyarlos para que estudiaran.

Con salarios de jornalero, albañil y a veces, cortador de café, el padre de estos 14 niños (dos murieron) se las vio duras para darles lo indispensable hasta que las circunstancias y el destino que se ensaña con los más vulnerables lo llevaron por primera vez a la cárcel en el año de 1988.

A partir de ahí, obligados por no tener quién les llevara para comer, los niños empezaron a ganar la calle vendiendo enchiladas, molotes, dulces y todo lo que se pudiera con tal de ganarse 10, 15 ó 20 pesos para llevarle comida a su mamá y a los más chicos de sus hermanos.

Las constantes ocasiones que el padre de esta familia cayó a la cárcel empujaron más y más a los niños fuera de su casa y es por eso que a Ulises se le empezó a ver vendiendo desde los cinco, o seis años; a Xochitl y a Elena también, mientras los mayores se empleaban en casas y tiendas, privándose la oportunidad de acudir a la escuela.

Pero la calle, la pobreza extrema, la violencia intrafamiliar, la indiferencia social y la escasa visión de las autoridades, arrastró a estos niños hasta el extremo en donde lo único bueno que existe es el efecto del Resistol, la relación con la “banda” y la emoción que se siente al robar.

Para ellos, la vida no es igual que para los demás niños porque no conocen la calidez de la navidad, la ilusión del día de Reyes ni la alegría de un cumpleaños. No van a la escuela, venden en la calle, a veces no tienen para comer y la policía los detiene a cada rato por robar y drogarse.

De los 16 hermanos murieron dos y de los mayores, cuatro formaron su propio hogar y una niña vive con otra familia. Los nueve restantes, la mamá y dos nietas, hacen el total de las 12 personas (la mayoría niños) que actualmente viven en la casa de madera y lámina de zinc que rentan en la colonia Teresita Peñafiel.

Carrera delictiva

De la inhalación de resistol, thiner, PVC y otras drogas como la marihuana, Ulises y Juan pasaron a formar parte de la banda infantil que mantiene azorados a los comerciantes de la ciudad y que han llevado sus ilícitos hasta los municipios vecinos.

En meses anteriores robaron lo que tuvieron a la mano: celulares, cámaras fotográficas, perfumes, licor, cigarros, ropa, bicicletas, calzado y dinero en efectivo. También abrieron rockolas y maquinitas para sacarles el dinero. A diario, eran llevados a la inspección de policía por encontrarlos drogados o por robar, sin embargo, por no tener la edad para ingresarlos al tutelar eran liberados a las pocas horas.

El domingo 17 de junio del 2007, cuatro integrantes de esta banda de niños fueron remitidos al tutelar de Banderilla por estar involucrados en varios robos. Las edades oscilaban entre los 10 y 17 años. Los más grandes se quedaron pero los pequeños regresaron a la calle.

El jueves 5 de julio un niño de 10 años amigo de Juan fue detenido por robar artículos de bellaza a un estilista.

El lunes 30, un periódico local tituló una nota de la siguiente manera: “Niños víctimas de drogas detenidos por la policía municipal”. Fueron encontrados a las 10 de la mañana inhalando resistol 5000 en la colonia Villaraus y entre ellos se encontraba Juan.

El jueves 6 de septiembre la policía municipal detuvo a tres niños inhalando solventes químicos y cemento PVC, entre ellos Juan. Era la una de la mañana con 50 minutos y fueron encontrados en las calles Poniente y Carranza.

El miércoles 19 la policía municipal detuvo a cuatro adolescentes cuando fueron descubiertos metiéndose a una casa en la calle Ocampo. Entre ellos estaba Juan, El Sonrisas, El Chiltepín y El Tranzas.

El domingo 23 la señora Verónica Fernández Méndez denunció en la inspección de policía que unos niños le habían robado 7 mil 500 pesos: “Dejé mi bolsa cerrada dentro del negocio y cuando regresé ya se habían llevado el dinero”. Se llevaron además las tarjetas de crédito y otros objetos de valor.

El lunes 24 los vecinos de la calle Obregón manifestaron su preocupación ante la falta de seguridad en esa zona, “ya que la parte baja del auditorio municipal se ha convertido en una madriguera de niños drogadictos que a últimas fechas han provocado muchos problemas”.

“A todos lo vecinos nos preocupa la inseguridad en que se encuentra esta calle ya que los chiquillos que se vienen a meter ahí debajo son ya una banda que se dedica a la delincuencia”.

En la nota principal del martes 26 de septiembre, un periódico local narró la crónica de Ulises, un niño de 10 años de edad que un día antes fue encontrado en el parque Morelos en completo estado de aturdimiento por el PVC que estaba inhalando.

“Con una estopa empapada de cemento semioculta en la mano, el niño llegó anoche al kiosco tambaleándose de drogado. Con vocecita quebrada y queriéndose hacer el fuerte pidió al empleado que le cambiara un billete de a 50 pesos. ¿Para qué quieres el dinero? ‘Para comprarme algo’, respondió el niño desconfiado.

“Era de suponer que el pequeño quería el dinero para comprar más droga, por lo que con un poco de presión terminó por sacar de una de las bolsas del pantalón un frasco de cemento a punto de terminarse. Enojados, los presentes decidieron quitarle la estopa y el frasco mientras lo condujeron del brazo a una de las mesas del kiosco donde lo acomodaron y comenzaron a reprender.

“Con la mirada perdida, pupilas enrojecidas y casi sin poder hablar, el mozalbete apenas podía decir que se quería ir porque tenía que trabajar. Un ciudadano llamó al director del Dif y por la fuerza, llevaron al niño hasta su casa. Lo entregaron a su mamá quien con gesto de resignación dijo que ya no podía con él. La señora habló de la impotencia que sentía con ellos y aseguró no saber qué hacer.

“Por más que les digo y los regaño, ya no me hacen caso y nomás me descuido tantito se me van a la calle y no los vuelvo a ver hasta varios días después”. Para que el niño se bajara de la camioneta y entrara a su casa hubo la necesidad de volverlo a someter debido a que a llanto partido le rogaba a su mamá que lo dejara ir con “El Pollo” porque al otro día iba a trabajar con él”.

Un día después y acicalado por la preocupante situación, el entonces alcalde Víctor Domínguez Hernández se comprometió ante los medios de información a dar solución al problema de los niños delincuentes. “Nosotros antes de salir vamos a darle solución a este problema que tenemos enfrente”.

Incompetencia de las autoridades

Durante los primeros días del mes de octubre la policía de Yecuatla detuvo a tres niños drogándose en una calle de esa cabecera municipal, al registrarlos, les encontraron una mochila llena de herramientas para robar. Al día siguiente fueron entregados a la policía de Misantla. Entre éstos estaba Ulises y Juan.

Desgraciadamente, la visión social del ex alcalde no fue muy lejos y su “solución” a este problema se limitó a detener a los niños, trasladarlos a un albergue en la ciudad de Coatepec y presionar a los padres para que al terminar la “rehabilitación” de sus hijos, no les permitieran volver a las calles a delinquir.

Durante un día entero, los tres niños detenidos estuvieron esposados de una mano a un sillón en la Casa Hogar. Los siguientes dos días, permanecieron ahí sin las esposas puestas hasta que la presidenta y director del DIF los llevaron a recluir a la ciudad de Coatepec.

En esa ocasión, Juan y Ulises detallaron a un reportero varios de los robos que se les atribuían: “Yo no me metí a la casa, se metió mi amigo; yo nada más le estaba echando aguas. Cuando salió, dijo: córranle, córranle; yo no sabía por qué y cuando íbamos hasta allá me enseño una carterita. Yo le dije:

–¿De dónde la agarraste?
–De allá.

“Luego nos fuimos a Martínez, allá nos quedamos en un hotel y anduvimos jugando en el parque, luego nos compramos una moto en Elektra y nos fuimos a su rancho. Ahí estuvimos un día y nos regresamos a Misantla. A él lo agarraron aquí, en la entrada”.

A los cuatro meses de estar recluidos en Coatepec los niños regresaron a sus hogares pero al encontrarse con las mismas condiciones que los obligó a delinquir –pobreza, alcoholismo, violencia intrafamiliar, encarcelamiento, enfermedad y rechazo social–, volvieron otra vez a las calles en donde la vida ya no es tan dura porque ahí, está el resistol, el thiner y la marihuana, que al menos los hace olvidar.

Casa llena. Ni modo, a la calle

Ganarse un espacio entre 14 hermanos, en una casa con dos pequeñas habitaciones; ganarse el cariño de la madre, el respeto del padre y la solidaridad de los hermanos, es casi imposible para quienes viven en estas condiciones.

A sus 12 años de edad, Juan tiene ya una larga carrera delictiva, ha probado de varias drogas y ha estado recluido varias veces en centros de rehabilitación y readaptación social. Su problema de inadaptación viene desde el seno familiar.

Tenía dos años cuando fue regalado con una tía, hermana de su mamá, que vive en un rancho llamado Los Comalitos, Juchique de Ferrer. “Mi hermana le dio estudio pero no quiso estudiar, prefirió irse a la calle”.

Cuando cumplió los diez, el niño se fugó de la casa de su tía y se vino a Misantla en busca de su verdadera familia, sin embargo, quizá porque en esa casa eran muchos hermanos y no había ya lugar para él, tomó las calles de la ciudad como hogar y a otros niños en las mismas condiciones como su familia.

“Se vino del rancho pero no llegó conmigo, prefirió irse a la calle. A mí era raro que me viniera a ver, quién sabe qué comía y dónde dormía. Pero eso sí, la policía a cada rato estaba aquí porque quién sabe qué hacía el chamaco. Yo les decía:
–Cuántas veces les voy a explicar que no vive conmigo. Sí es mi hijo, pero no está bajo mi responsabilidad.

Juan no vivió en la casa de sus padres pero buscó a sus hermanos menores en la calle. Integrado a la banda de niños drogadictos que ya empezaban a robar, pronto jaló a Ulises, un año menor que él, quien deambulaba las calles vendiendo chicles, artesanías y a veces boleando zapatos.

A sus ocho años de edad, Ulises empezó a probar el thiner, el resistol 5000 y el cemento PVC pero también, poco a poco empezó a participar en los robos a casa habitación y negocios. Meses después, Ulises jaló a Xochitl, un año menor que él, quien también buscaba la calle para vender.

La sensación de libertad expandida con los efectos de la droga, la solidaridad de la “banda” que estaba unida por la necesidad de burlar a diario a la policía y el poder del dinero, que en ocasiones llegó a contarse por miles producto de los continuos robos, atrapó también a Marisol, un año mayor que Juan y a sus apenas 13 años de edad.

En una ocasión, Xochitl entró a vender sus artesanías a uno de los bares del centro de la ciudad. Por la desnutrición y delgadez aparentaba ser mucho menor. Ofrecía los servilleteros, las alacenas y comedores de juguete que llevaba en una bolsa de plástico. Luego de que los hombres le decían que no querían sus artesanías, ella les pedía regalado un peso o dos para comprarse una torta.

Llegó a la barra del bar y tocó la espalda de un hombre fornido que muy tomado se balanceaba en su banco. Cuando éste la vio, se puso de pie de un salto y sacudiendo los brazos se abalanzó sobre la niña mientras le gritaba:

–¡Qué jijo de la chingada estás haciendo aquí! ¡Salte! Te sales inmediatamente porque si no te voy a sacar a chingadazos. ¡Pinche chamaca pendeja por eso luego las violan!–. Xochitl se salió del bar asustada y llorando.

El DIF de Cirino regaló una de sus niñas

El trienio de Cirino Boo (2001–2004) tampoco se destacó por el combate a las causas de este problema. Cuentan que en una ocasión, la madre de uno de los niños recluidos hoy en el CRREAD y que en aquel entonces tenía diez hijos bajo su responsabilidad, fue al palacio a pedir ayuda. El entonces alcalde le preguntó:

–¿Quién te hizo los chamacos?
–Mi marido, señor.
–Ah bueno, pues ve a decirle a él que te dé; yo no soy su papá para que te los mantenga.

El DIF de esa administración, quiso aliviarle la carga a la familia Rivera–Mújica regalando una de sus niñas de cuatro años.

–Jamás volví a saber de ella–, comentó su mamá. –Dicen que se la dieron a una familia de Galeras. La señora creo que es maestra. Yo nunca he ido a verla porque cuando se encontraban a su hermana que trabajaba en el kiosco la señora jalaba a la niña para que no la saludara.

Doña Angela aseguró que regalaron a su niña sin su consentimiento, “y desde entonces, nunca la volvieron a traer. Con decirle que hasta le cambiaron el nombre; la volvieron a asentar, quién sabe cómo le hicieron”.

–Y usted ¿no la ha buscado?
–No, no quiero ir para no discutir con ellos.

De los diez hijos que en este momento viven en su casa, sólo Elena estudia. Cursa el tercer grado de primaria en la colonia 5 de Mayo y tiene una beca de 600 pesos que le dan –a veces– cada cuatro meses. En esa casa, además de los mencionados, está otra niña de 5 años, un niño de 7, un joven de 19 y la mayor de 22, madre de dos niñas (cuatas) de 6 años de edad.

Los ingresos que tienen para mantenerse vienen de los 400 pesos que gana la hermana mayor como empleada en una casa y los del joven de 19 años, que se dedica a bolear zapatos ganándose hasta 150 pesos los sábados y domingos y 70 u 80 el resto de la semana, el problema es, que él ya tiene su propia familia.

La casa en la que viven no es propia, la rentan en 300 pesos al mes. No tienen agua; la tienen que acarrear con los vecinos. “La verdad yo no quisiera que los chamacos se salieran a vender, pero con eso nos ayudamos un poco”. Los niños venden las artesanías que hace su papá en la cárcel.

Doña Angela tuvo una niñez muy dura. Se crió en el campo, en la comunidad del Chaparral, Juchique de Ferrer. Se casó con el papá de sus hijos y a los 17 años se vino a vivir a Misantla. De niña, la paraban a las seis de la mañana a bañarse; a las siete empezaba a cocinar el almuerzo, luego la comida y la cena. Estudió hasta el tercer grado de primaria y la sacaron de la escuela para ir a cortar café, tordear en la milpa, capar chile y echar tortillas. Hoy tiene 45 años de edad.

Sí tengo papá, pero está en la cárcel

Pablo Rivera Lozada cayó preso por primera vez en 1988 acusado de homicidio. En 1994 volvió a caer a prisión acusado de robo, pero al igual que la primera vez, estuvo muy poco tiempo internado en el penal de Misantla entre otras cosas por su buen comportamiento.

Actualmente, se encuentra purgando una condena de cinco años de prisión por el delito de lesiones en grado de tentativa. Fue detenido el 6 de marzo del 2005 acusado por sus hijas y esposa a quienes borracho y drogado intentó lesionar. Por ser reincidente no alcanza el beneficio de la preliberación con el que ya hubiera salido luego de pagar las tres quintas partes de su sentencia.

Pablo es un hombre tranquilo y dedicado a su trabajo dentro del penal. La única manera que tiene de ayudar económicamente a su familia es haciendo artesanías y dándoselas a sus hijos para que las lleven a vender. Tiene 46 años de edad y asegura que a pesar de haber tenido problemas con el alcohol y la droga, espera salir de la cárcel para ayudar a que sus hijos salgan de la situación en la que están y luchar por darles una vida tranquila.

Nació en Misantla en donde terminó la primaria. Luego trabajó en el campo, en la albañilería, y últimamente era vendedor ambulante de frutas. Al revisar su expediente, el director del penal comentó que hará lo posible porque le hagan valer el beneficio de la preliberación debido a que durante los tres años y un mes que ha estado recluido, ha presentado un excelente comportamiento.

En el albergue, los niños corren peligro

Cuando el domingo pasado, luego de la visita a sus cuatro hijos la señora Angela salió del Centro de Recuperación y Rehabilitación para Enfermos de Alcoholismo y Drogadicción, un hombre tras un escritorio le cobró el dinero por las tres semanas que llevan ahí recluidos.

–Oiga, espéreme unos días más, es que ahorita no tengo–, rogó doña Angela.
–Es que así nos dijo hace ocho días, señora.
–¿De cuánto es la cuota? Preguntó el reportero que la acompañaba.
–Son 700 pesos por cada uno…

“No, no, no”, se escuchó una voz a sus espaldas. Al volver la cabeza, vieron a un hombre blanco, de unos 30 años de edad; desparramado en un sofá, con la espalda en el asiento y la cabeza en el respaldo; tenía las piernas cruzadas, un anchísimo pantalón cholo, camisa sport, amarilla, en los pies unas chanclas, en las muñecas de pies y manos pulseras de piel e hilo, el pelo largo y pintado con rayitos dorados.

Empezó a explicar los términos de la cuota y la necesidad de su aportación. “Mire jefa”, dijo con acento de vago, “la neta la cuota no es obligatoria, es por lo que usted nos quiera dar. Pero hay que agarrar la onda que sus morritos son cuatro, y le meten re bonito a la tortilla. Es cosa de echarle nomás tantito seso”.

“Agarre la onda jefecita. Mire, el otro día le dije a la licenciada que me trajera aunque sea unas despensitas, porque a ella no le cuestan nada, se las da el presidente. Y la neta, así se lo digo, nomás me trajo cuatro o cinco. No se vale jefa. Ella va a quedar bien allá con la patrona, la presidenta del Dif, pero acá nosotros nos la tenemos que rascar como podamos”.

“Por cierto, madre, fíjese que el miércoles nos vamos a Cerro Azul a colectar dinero. No sé si le quiera dar permiso a Marisol de ir con nosotros, allá hay también un albergue y nos vamos a quedar con ellos”. La señora miró a su acompañante quien le sugirió hablara primero con la procuradora de la defensa del menor del Dif municipal, Lorena Ochoa Gutiérrez, quien es la persona que tiene la custodia de los niños y si ella autorizaba, adelante.

Al despedirse, el reportero preguntó a esta persona su nombre y cargo: “A ver, señaló al del escritorio, dale una tarjeta al señor”. Luego de leer los datos, los visitantes se despidieron de él con un: “Hasta luego señor director”. Claro, porque el tipo de pantalones cholos es Miguel Ángel Lizárraga Cisneros, director de ese Centro de Recuperación y Rehabilitación para Enfermos de Alcoholismo y Drogadicción.

El lunes por la mañana, uno de los hijos mayores de doña Angela pidió a la licenciada Lorena Ochoa su opinión sobre la ida de su hermana a Cerro Azul a la colecta y la respuesta fue contundente: “Yo autoricé que Marisol fuera con ellos para que los ayude a conseguir dinero para el Centro. Además, de lo que saque, a ella le va a tocar una parte. No hay problema”.

–Eso no se vale–, comentó doña Angela, –los encerraron porque andan en la calle y mira, allá está peor porque andan peligrando.

La preocupación creció para algunos familiares y amigos de los niños cuando el fin de semana circuló el rumor de que una de las niñas estaba siendo seducida sexualmente en ese lugar por un adulto y que inclusive, les llegaba tinher por las noches a escondidas, versión que de ser cierta, podría atraer responsabilidad penal a las autoridades municipales que enviaron a los niños a ese lugar por estar bajo su custodia.

Y mientras Xochitl, Ulises, Juan, Marisol y otros cuatro niños más de Misantla pudieran estar expuestos a explotación, seducción, vejaciones y maltrato, sus familias continúan esperando que un milagro del cielo les ayude a combatir las causas de su desgracia conocidas como miseria, desempleo, encarcelamiento, enfermedad y violencia. Sin embargo:

–Lo único que hemos recibido son amenazas de ir a la cárcel si los chamacos vuelven otra vez a la calle.
 
 
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